TRES
QUEBRADAS
A veces, cuando hace tiempo que las
montañas se han perdido entre la rutina y la gente asaltan los “recuerdos olvidados”, imágenes confusas que
terminan tomando la forma de un valle, de una cumbre. Es entonces cuando
andamos poseidos, el cuerpo en la ciudad y los
pensamientos en las alturas.
En esos días confusos siempre se
escuchara la voz amiga que nos dira que todo son
puras excusas. Que extrañamos los desiertos, que es hora de
volver a llenarse el alma de soledad.

El tres quebradas en el
centro de la foto, el tres cruces a la derecha
Portezuelo de las Lagrimas.
Domingo
temprano, Fiambala duerme. Solamente esta despierta
la señora que hornea pan casero. Todavía esta tibio cuando lo cargamos en la
camioneta, ahora un poco mas sobrecargada.
Este es un viaje
donde nos han dado garantía:
el trayecto intransitable …
imposible acercarse a las montañas …
la huella cubierta de hielo y si pasamos… vamos a quedar bloqueados por
un temporal.
Ya veremos.
Pasando las Coipas topamos con
el primer obstáculo: la huella obstaculizada por un grupo de poderosas
camionetas con enormes ruedas atrapadas por una mansa vertiente de agua
congelada, una superficie de hielo
vidrioso e inclinado. Por todos lados
hay antenas, handys, gps, tal vez hasta alguna computadora, pero no veo
a nadie con una pala en la mano….
Mientras
esperamos observamos el problema: si el vehículo resbala solo se
detendrá centenares de metros mas abajo… contra las piedras.
Cuando por fin
los expertos 4 x 4 se retiran, nos
bajamos de la chata y nos ponemos a trabajar con picos y palas. Las manos -
ablandadas por la civilización - se hielan.
No se que
pensarán, pero a pesar del frío y la falta de oxigeno, mis amigos se mueven
entusiasmados para labrar el estrecho apoyo para las ruedas. Es la primera vez
que los hermanos Sartori y Lisandrito
toman contacto con la alta montaña. Estaban llenos de expectativas, hace
semanas que preparamos carpas, botas, grampones y piquetas. Nadie esperaba que esta fuera su primera
experiencia.
Quedo solo en la
camioneta, el resto observa agachado. Una cubierta tienta el hielo, luego otra,
por fin ya no hay mas que vidrio congelado debajo. Las ruedas encadenadas
patinan pero el pedregullo las retiene. Metro a metro trasponemos el mal paso.
Algunos
kilómetros aparece el segundo planchon de hielo. La
escena se repite mas adelante, varias veces. La tarde se va escapando.
Atardece en el
primer portezuelo. Sobre los 4.400 mts. empieza el
largo trayecto descendente a la Laguna Aparejos. Se traspone una frontera. Un
mundo detenido en el tiempo. La erosión ha desmenuzado todo, la vegetación
desaparece. Arena, ceniza y sal sepultan el paisaje.
Ruinas de la mina Aparejos.
Nos abrimos paso
rodeando campos congelados y colinas y cuando creemos que los obstáculos
terminaron aparece un estrecho valle cubierto de hielo de lado a lado. No hay
otro paso y el tramo es demasiado largo para seguir cubriendo el hielo con
pedregullo.
No queremos dar
la vuelta, estamos determinados a pasar. Montamos dos ruedas sobre la ladera.
Aunque el vehículo queda en una posición casi imposible, el pedregullo cede y
lo retiene.
Atravesamos el
valle de la Laguna Aparejos hacia el oeste y con las últimas luces llegamos a
las ruinas de la antigua mina de cobre. Aunque las construcciones sin techo
están abarrotadas de hielo y nieve, encontramos abrigo para armar las carpas.
Encendemos
fuego. Los ánimos están bajos. A cada uno le pesa el lugar desolado. Si mañana
el vehículo no arranca, si se desata un temporal de nieve, para poder “volver”
habrá que caminar 40 kmts y pasar un collado a 4.400.
Pero por ahora
la noche es espléndida ! Imposible describir los
cielos negros de la puna. Hace veinte
grados bajo cero, pero con el aire seco el frío no se siente.
Hasta cierto punto subir montañas es -
por contraposición al trabajo - un juego. No hay necesidad de ir a las alturas, no se obtiene
nada “útil” en esto. No se cobra nada y al contrario, en vez de recompensas
solo se gastan energías y tiempo.
Pero en cualquier otro juego el
deportista mantiene su libertad intacta: Si llueve, hace demasiado calor o frío, no se siente bien, puede elegir abandonar el
juego.
Nosotros, al trasponer este collado
perdíamos el derecho de abandonar. No habría alternativas, de aquí solo
podríamos salir jugando el juego.
Únicamente contaríamos con nuestras
propias fuerzas y - en general – toda
ayuda externa estaría vedada. Todo lo
que hiciéramos, tendría resultados; si ibamos en la dirección equivocada nos perderíamos, si no encontrábamos amparo el viento nos
castigaría, solo si encontramos agua
podríamos saciar la sed.

Nuestro
campamento esta a orillas de la laguna Los Aparejos. Laguna y salar, como todo
aquí. En verano el sitio se puebla de vida, pero ahora nada se mueve. La única
agua pura – última que encontraremos – surge de un manantial próximo que –
quien sabe porque - no se ha congelado.
En estas tierras inhóspitas Los Aparejos es un oasis con agua potable y reparo.
En el ascenso de una gran montaña hay que dedicar mucho tiempo para aclimatar
el cuerpo a la altitud y este parece un lugar ideal.
Las ruinas
muestran dos períodos constructivos expresados en paredes de adobe o de piedra
con adobe, uno antiguo, Jesuita y otro
posterior.
Todavía no vemos
nuestra montaña, lejana y oculta en un
profundo valle detrás de varios
collados.
Por la mañana un
sol amigable trata inútilmente de entibiar el aire.
Yupanqui recita: “ ...cierta
vez, en un pais de montañas azules ... alguien dijo
unas raras palabras... eso que Ud. esta viendo amigo… no son nubes...son vidalas olvidadas…”
Mientras
preparamos el desayuno, pacientemente damos a la camioneta toda clase de
atenciones. La hemos resguardado detrás de un bloque de nieve, pero el combustible
se ha convertido en una espesa melaza y los aceites parecen caucho. Después de largo rato y varios intentos el
motor arranca con un feo cloqueo metálico, enseguida se normaliza, toma
temperatura y vuelve a la vida.
Es mucho mas
seguro andar por estos lugares en mas de un vehículo,
sobre todo en invierno. Pero no es fácil conseguir compañía para estos
emprendimientos, una montaña que nadie conoce, con un nombre tan poco
llamativo.
El Abra del Campo Negro.
Partimos al norte.
En verano el tranquilo trayecto ascendente permite trasponer el “abra del campo negro “. Pero
apenas a una decena de kilómetros
aparece otra vez el hielo, esta vez poco sólido y muy profundo. Si llegara a
ceder quedaríamos enterrados en un pozo ! Exploramos los alrededores, despacio, porque se
siente la falta de oxigeno. La mayor parte del paisaje esta despejado, la
nieve solo se ha acumulado en las
hondonadas protegidas, justamente por donde transcurre la huella minera.
Los vehículos
tracción integral han sido diseñados para operar hacia delante o hacia atrás.
Son demasiado altos y poco estables y no deben usarse en travesías inclinadas,
pero parece que la única posibilidad es atravesar lateralmente una empinada
ladera cubierta de tierra y yaretas. Al avanzar, las ruedas “de arriba” tienden
a levantarse aunque mis amigos se cuelgan de ese lado para cambiar el centro de
gravedad. El tiempo soleado es engañoso, afuera sopla un vendaval y todos se
alegran cuando pueden volver a la cabina.
Llegamos al Abra
después de pasar un campo de penitentes agudos y helados que amenazan destruir
las ruedas.
Por fin podemos
observar el Tres Quebradas. Cuales son los secretos de la montaña
? Planeamos el trayecto de subida, distribuimos las etapas y
campamentos, prevemos el abrigo, el agua. La vista es engañosa, a tanta
distancia cada detalle del paisaje demandara horas de esfuerzo.

Quebrada 7 de Enero
En la Laguna
Celeste dejamos la precaria huella y seguimos los viejos rastros de la
expedición al Tres Cruces. Estamos sobre el
Campo Negro, la inmensa rampa inclinada que nos llevará hasta casi los
5.000 metros.
El Campo Negro
es probablemente un escalón tectónico, es decir una especie de estribo
monumental formado por el hundimiento o elevación de un bloque de la corteza
terrestre. Delimitado por el este por una serie de coloridos cordones
montañosos y por el oeste, tan abajo que es invisible, por el profundo Valle de
la Salina de la Laguna Verde, el que nos dará finalmente acceso a las faldas
del Volcán.
Al final del
Campo Negro bruscamente cambiamos de dirección y descendemos hacia el suroeste
introduciéndonos en un estrecho valle arenoso que alguna vez llamamos “Quebrada
7 de Enero” fecha en que años atrás, en
la expedición al Nevado Tres Cruces, descubrimos este paso clave.
Otra vez
superamos un largo trecho de hielo empinado montando dos de las ruedas sobre la
ladera. Da la impresión que una gran ola se hubiera congelado de repente.
Unos círculos de
piedra negra y angulosa señalan la llegada al valle de la Salina de la Laguna
Verde. Cuando nos acercamos, toman otro aspecto. Entre las ruinas Jose encuentra una aguda punta de flecha.
Avanzamos largo
rato a la orilla del salar que sin solución de continuidad se transforma en una
hermosa laguna, un monumental espejo donde se refleja, perfecto pero al revés,
todo el paisaje. Cada tanto se observan unos enigmáticos conos perforados en el
pedregullo, probablemente “dolinas” (hoyos conicos formados por el hundimiento del terreno superficial
por haberse diluido las rocas de la base de la dolina,
solubles en agua.)

Terreno traicionero, una
mala decisión, dos ejes encajados y
varias horas para salir.
De izquierda a derecha: Martin Suso, Jose
Sartori, (ambos en calzones) el que escribe (al
volante)
y Federico Sartori. No salio en la foto Lisandrito
que se encontraba meditando sobre como aprovechar su don con la pala
Detrás de la tropa perdida
Por la tarde
llegamos a la desembocadura del Río Salado en la Laguna de la Salina Verde.
Debemos decidir si cruzamos el río y nos acercamos al Volcán por el sur, “3
quebradas “ o
si continuamos hacia el norte para acercarnos desde el este.
Aquí transcurría
una ancestral senda de mulas que cruzaba la cordillera entre Catamarca y
Copiapó. Las marcas son todavía visibles.
Va a ser mejor
seguir la huella de mulas que se introduce por estrecho cañón que ha labrado el
río. Avanzamos directamente por el lecho hasta que cuando la senda se retira
hacia el oeste, superamos el obstáculo y
quedamos sobre el valle superior.
Todavía hay que
encontrar la montaña que vamos a subir, oculta ya en su proximidad por otras
sierras mas bajas. Seguimos la margen este del Río Salado arrimandonos
todo lo posible. Hoy será el ultimo día en
vehículo, mañana empieza la caminata.
Cuando ya no se
puede avanzar mas, en una pequeña cañada arenosa armamos las carpas mientras
interrogamos a los cielos. El aire ondula a la distancia, parece que todavía
serpentean las tropas de mulares perdidos….

El Tres Cruces reflejado en
la laguna de la Salina, bien a la derecha el Cerro Solo
A la noche me
abrigo bien y busco la helada soledad de la cabina de la camioneta. Por ahora
todo ha ido bien, pero este viaje transcurre en condiciones especiales
Mis compañeros
son muy jóvenes, confían en mi y harán lo que yo diga.
La resolución de continuar o regresar esta solamente en mis manos, todos son mi
responsabilidad. En soledad debo decidir si continúo arrastrándolos dentro de
este océano de montañas...
El temor de
quedar bloqueados por una nevada me apabulla: Habría que caminar 120 kilómetros
y trasponer media docena de portezuelos, algunos a casi 5000 metros. Por ahora
hemos decidido que de ninguna manera vamos a abandonar el vehículo.
Algo desesperado
sintonizo la radio para rescatar algún pronostico
meteorológico. Es inútil. Que lejos ha quedado el mundo. Estamos en el 2001,
nadie tiene interés en el clima ! Las emisoras solo dan
a conocer el “riesgo pais” una sombría cuenta
regresiva que progresa inexorablemente hacia quien sabe que evento
catastrófico.
Sin perdernos de vista
Nos llevaremos
lo indispensable, carpa, calentador, combustible, botiquín, alguna herramienta
para la escalada en hielo, poca comida, mucho abrigo.
Calzamos las
botas de montaña, un calzado que aunque rustico y pesado a duras penas nos
protege del frío. Caminamos en trechos de 45 minutos con descansos de 10 o 15.
Es la forma de ganar altura y preservar las energías.
En las montañas
Catamarqueñas los ascensos raramente tienen dificultades “técnicas”. Se avanza
por pendientes suaves, normalmente sobre el pedregullo o la nieve. Raramente se
usan las manos para escalar. Sin embargo es un peligroso error considerar que
estas montañas sin dificultades técnicas son fáciles y seguras.
La falta
absoluta de vida señala el peligro. En este mundo somos extraños. Todos
cuidamos primorosamente de los otros. Jamás nos perdemos de vista
Quien asciende
los volcanes Catamarqueños no debe preocuparse demasiado por los lugares de
campamento. Trabajando un poco las suaves pendientes de roca suelta es posible
acampar casi cualquier parte. Se puede “diseñar” el ascenso según las propias
necesidades. Sin embargo en algunos tramos las vertientes son uniformes y conviene contar con el tiempo
y energía suficientes para superarlas de “un tirón” evitando acampar en lugares
excesivamente incómodos.
Con el
transcurrir del día aparecen algunas nubes que de a poco, cuando ya superamos los
cinco mil metros, se convierten en tormenta. La cumbre, la incertidumbre del
regreso, todo el futuro queda muy lejos, ahora es urgente buscar amparo. En una
carpa se acomodan Lisandrito y los dos hermanos, en la otra Martín y
yo.
El amanecer
revela un paisaje blanco. El clima parece bueno. Aquí solo gobiernan los
elementos inertes, el frío, el viento, el hielo. Seguiremos adelante.
Nosotros
trazamos la ruta. No hay rastros y ni
siquiera sabemos si alguien ha subido antes.
Usamos el lateral de un amplio canal de nieve helada
que lleva al filo sur por donde suponemos
podremos acceder a la cumbre. Cuidadosamente evitamos la nieve, tan
endurecida que seria imposible detener un resbalón.
La mayor
parte del tiempo avanzamos en silencio.
Quien encabeza la marcha difícilmente se aburra
porque continuamente debe analizar el paisaje y elegir el mejor recorrido. El resto sufre la monotonía,
el esfuerzo muchas veces parece insensato y se desea parar o volver.
Seis horas de
marcha y la pendiente desemboca de
golpe en un amplio lomo nevado a unos
5.500 metros. Mientras Lisandro y los hermanos comienzan a armar campamento
regreso para ayudar a Martín que todavía deambula por la ladera asediado por el
apunamiento.
Hay que
conformarse con poco. Si conseguimos tomar liquido y dormitar algo, la mitad
del camino hacia la cumbre estara recorrido.

El Tres quebradas visto
desde el noreste. Ascendimos por la nieve de la izquierda y luego por el filo.
La lata fulminada.
Temprano
comenzamos los torpes preparativos. Desgraciadamente el clima ha empeorado.
Sopla mucho viento y la temperatura ha bajado todavía mas, en pleno invierno y
a esta altura debe ser inconcebiblemente baja.
Antes de salir
de las bolsas de dormir tratamos de precalentar la ropa y las botas. Una vez a
la intemperie el avance del frío será inevitable, solo cuestion
de tiempo, el hielo mordera cada vez mas profundo.
Martín no se ha
recuperado pero se atraganta con sus ganas de llegar a la cumbre. Es generoso,
no quiere ser un estorbo para los demas y va a
esperar en el campamento. Los Sartori y Lisandrito seguirán adelante, cosa que ya no sorprende. Se
han comportado con entereza, sin quejas ni agachadas.
Esperamos la
salida del sol y protegiendonos del viento avanzamos
por la derecha del filo sur. Cruzamos transversalmente pedreros y campos
nevados. Nos detenemos demasiado, hemos perdido la disciplina, pero igual
ganamos terreno.
El humano no es
animal para el frio, sus defensas fisiologicas
son escasas. Ante la baja temperatura el cuerpo “hace lo que puede”; tratando
de preservar los organos vitales retira la sangre de
brazos y piernas que quedan expuestas al congelamiento, o sea la formación de
hielo dentro del cuerpo.
Uno de los
peligros del congelamiento es que justamente el primer síntoma es la falta de
síntomas. Paulatinamente el frío, el dolor y la falta de comodidad van
cediendo y el escalador se olvida de sus
manos o sus pies. Ya no los siente. Se ha congelado.
Con este grado
de agresion ambiental corremos un peligro cierto.
Recuperamos algunos dedos y tambien una nariz. Las
manos son un problema porque hay tareas que demandan precisión: bajar un
cierre, tomar una foto, acomodar un pasamontañas o los lentes. A toda costa hay
que resistirse y tratar de trabajar con tres pares de guantes puestos.
A unos seis mil
metros, cuando aparecen las primeras nubes, llegamos a la base del empinado
cono cumbrero. En este momento las fotos
terminan abruptamente. El pedregullo
esta cementado, no es posible abrir huella para el pie.
Intentamos por
un canal de nieve pero es demasiado peligroso, aun usando los grampones.
Ninguno de mis compañeros tiene la menor
experiencia en esto y no es lugar para aprender. Especialmente Jose esta demasiado inseguro con sus antiguas botas de
cuero italiano. A duras penas consigo que regresen a la piedra. El clima sigue
empeorando. Son demasiadas contrariedades, la cumbre se escapa.
Hago un ultimo intento, directo hacia arriba. Casi debo saltar de
piedra en piedra. Estamos sobre los 6.000 metros, el corazon
se desboca ! Me sorprende pero mis amigos me siguen
sin quejarse. Hace unos momentos no querían avanzar mas.
Con enorme esfuerzo encadenamos algunos
tramos menos dificultosos y tomamos altura.
Por encima
solamente queda un horizonte cercano contra el cielo. Marea mantener la vista,
las nubes se lanzan a enorme velocidad. Hay tanto ruido que nos comunicamos por
señas.
Al terminar la
pendiente el viento nos da de lleno y es imposible seguir. Volvemos a sumergirnos en la ladera y en
cuatro patas vamos rodeando la parte mas alta. Estos volcanes suelen tener
enormes cráteres donde a veces es difícil ubicar una verdadera cumbre.
Damos con una
antigua lata de te perforada por un rayo. Estamos tumbados en el piso, en un pequeño
nicho que hemos abierto con los pies. El emblema de nuestro grupo de montaña se
vuela. A duras penas puedo escribir un papel y dejarlo con un medallón bajo las
piedras.
La tormenta
Federico y Lisandrito creen que el esfuerzo ha terminado y se abandonan.
La situación se va de las manos, no podemos seguir expuestos al viento. Los
saco de la cumbre a los empujones. Si pudieran, si tuvieran fuerzas, me pegarian.
Salvados los
primeros tramos, el descenso mantiene cierta normalidad y al atardecer estamos
en el campamento donde encontramos a Martín muy preocupado por el clima. El
viento ha roto nuestra carpa, promocionada (y cobrada) como indestructible por
el fabricante Yanqui. Por el oeste, justamente, el cielo tiene un nublado alto,
parejo, espeso, de un ominoso color azulado. Es la tormenta. Quisieramos escapar ya de esta trampa pero es impensable
que mis compañeros agotados sigan
bajando en medio de la noche y la tormenta.
Pasada
medianoche la carpa de Lisandrito también empieza a
romperse. Aunque las carpas están una
contra la otra no conseguimos comunicarnos. Debo salir y asomarme, pero aunque
grito con toda mi fuerza apenas me entienden. Todos se visten y se preparan
para la intemperie. Con la llegada del alba la situación sigue complicándose. Apenas
hay luz me doy cuenta que tengo mal la vista.
Los ojos me duelen, veo todo borroso, imposible mirar a la
distancia.
El nevé
Los accidentes
son como una cadena, una suma de eslabones.
Pero en la montaña las cosas tienden a complicarse sobre si mismas y la mayoria de los accidentes son cadenas de muy pocos
eslabones. Las cosas estan bien y de repente …. Una de las pocas cosas que puede hacer el
andinista es estar atento a la aparición del primer eslabón, por ejemplo el mal
tiempo, o un compañero enfermo, o una parte vital del equipo extraviada. Cuando
aparece el primer síntoma posiblemente
el accidente este muy cerca, a la distancia de una o dos complicaciones mas.
Con miedo
salimos de las carpas y nos exponernos al viento. Pero en un comienzo todo va bien. El descenso queda
en manos de Martín que guia el grupo como puede. Yo
fijo la vista en los pies y así evito los dolores. Continuamente nos
controlamos unos a otros.
En un momento no
hay otro remedio que atravesar lateralmente unos metros de nieve helada,
inclinada apenas a 30 grados. El paso parece suficientemente seguro, pero las
botas juegan a Jose una mala pasada, resbala y es
lanzado por la pendiente a toda velocidad.
Intenta
detenerse con la ayuda de la piqueta que apenas toca el hielo se le arranca de
las manos. La caída prosigue, interminable. Varias veces atraviesa tramos de
pedregullo y vuelve a acelerarse sobre la nieve. Ya no lleva la cabeza hacia
arriba, va cara al cielo dando tumbos, bandazos, girando. El
huracán ahoga los gritos. Finalmente se detiene contra las piedras 200
metros mas abajo. Estamos conmocionados. Bajamos lo mas
rápido posible.
Jose se
mueve, después se incorpora. Asegura estar bien y quiere seguir. Lo examinamos
someramente porque la tormenta nos ahoga. Tiene rota la ropa, chichones,
raspones pero no parece haber fracturas.
Cuando horas
después llegamos a la camioneta, se da cuenta que tiene un feo agujero en la
pantorrilla por donde se ve algo que parece el hueso. El desinfectante liquido se ha congelado así que relleno el hueco con una
crema antiséptica que lamentablemente no fue suficiente.
La camioneta,
nuestra salvación, fielmente arranca. Martin queda al
volante. Cada kilómetro que dejamos es uno menos que deberemos caminar. Atrás
quedan el río, la laguna y el salar. En la quebrada 7 de Enero las ruedas
muerden furiosas el hielo. Cruzamos el Campo Negro y traspasamos las abras.
Solo retomo el volante en la delicada travesía lateral, que se pierde atrás a
media tarde.
El paisaje esta
de un feo color blancuzco, aplastado por la falta de sombras. Surcamos Los
Aparejos con el viento volando el ripio de la huella. En el Portezuelo de las Lagrimas nos sentimos en casa. Las ultimas
horas de luz pasan sobre los cortes de hielo. El viento vuela el agua del arroyo
de La Coipa que parece correr en el aire.
En algún momento
por fin la tormenta se desata blanqueando de granizo los llanos
Catamarqueños. El largo día que empezó
tan lejos y tan alto y termina al cobijo de las termas de Fiambalá.
Cuando
regresamos Jose Sartori
pasa varios meses luchando contra la infección que se le instalo en la pierna,
mi lesión en los ojos sana mucho antes. Aunque volvemos, una parte de nosotros queda para siempre en aquel campamento de altura,
entre las piedras cinceladas por la tempestad que todavía sopla descontrolada.
La ascensión se
hizo en Agosto del 2001. Jose Sartori, Federico Sartori, Martin Suso,
Lisandro Arelovich, Glauco Muratti
Glauco Muratti.

El Tres Quebradas desde el
noreste, la cumbre principal y la antecumbre **. Abajo a la izquierda las cumbres
de las Yamilas.
**El Volcán Tres Quebradas o Los Patos, tiene dos cumbres, la norte de unos 6.000 mts. y la
sur, cumbre principal, que ascendimos nosotros, de 6.239 mts.
La cumbre principal fue
ascendida por los polacos del Club Alpino Varsovia en
1937 e indudablemente ellos fueron los que colocaron la latita de te
"Victoria" que encontramos. Unos 15 años atrás, la cumbre volvió
a ser ascendida por el controvertido suizo norteamericano; J. J. Reinhard seguramente en busca de restos indígenas. El rayo
fue posterior porque el papel de chocolate que había dejado este hombre estaba
quemado e ilegible.
La cumbre secundaria fue
ascendida desde el portezuelo de Los Patos por un grupo Tucumano que integraba
Claudio Fernando Bravo a quien debemos estos datos.