LOS GIGANTES por Glauco Muratti

La rotonda
La rotonda, donde solíamos vivaquear la primera noche. Entre otros, el Perro, Eduardo Sproviero, su novia Gloria.
Siempre fue uno de los destinos clásicos para el GRAM. Solo en los últimos años, tal vez por aquello de la intimidad perdida, los hemos abandonado un poco.

La noción de "espacio" era otra.

    El camino a los Gigantes estaba igual que ahora: 23 km. de ripio el resto pavimento. Pero eso era solo en apariencia: no había estaciones de servicio "shopping" ni cabinas telefónicas a cada rato, ni peajes, ni tramos de autopista, ni celulares, ni VHF. La Rotonda era un sitio desolado donde dejábamos los autos con toda tranquilidad y soledad hasta que en 1989 me dejaron la chata sin las ruedas, sobre las piedras.
    Era bastante raro trasladarse en colectivo, por los costos. Las salidas se armaban según la capacidad de los vehículos, normalmente mi pick up Toyota amarilla, donde viajábamos hasta 7 personas. Los que iban en la caja no tenían derechos humanos (no opinaban, no peticionaban, se los dejaba orinar encima, etc.).

La cueva
En la puerta de la cueva: Julian M. Infante con su guitarra, la entonces novia del Perro, Yo, Ana mi actual mujer, Piquito de pañuelo en el cuello, de espaldas y rojo Marcelo Gomez, chapando en el piso Andres Martinez Infante y su entonces novia Claudia Teidons y Roberto Lucas de espalda de blanco con franja. Esa guitarra terminó sus días en Los Gigantes cuando Julián se la rompió en la cabeza al Pupi Mackern.
    Ya estaba el refugio del Club Andino Córdoba, y no habían construido el del C.A. Carlos Paz.
    Al principio casi siempre acampábamos en la zona de la cueva. Aunque casi siempre estaba desocupada de personas, estaba infestada de ratas y eventualmente nos acompañaban los zorrinos. Con el tiempo empezamos a frecuentar cada vez mas el valle de los Lisos.
    Mayormente, si nos encontrábamos con alguien, eran Cordobeses: Con los de la asociación de Montaña Córdoba, todo bien, eran nuestros amigos. Con los del Club Andino, los Tarditti, no tan bien o directamente mal. Porteños había pocos, por suerte, porque no los entendíamos: eran como maniquíes vestidos a la moda. También estaban los Zelig, que viajaban con nosotros, pero enseguida desaparecían usando la extraña capacidad de mutar: llegaban como Rosarinos e inmediatamente se convertían en Sanjuaninos, Porteños, Cordobeses o cualquier otra cosa.



El Perro en el diedro
El Perro escalando el Diedro Grande en 1987 con cuerda doble y las infaltables Topper de tenis. El tramo que se ve arriba se pasaba con estribos por la línea donde empieza la zona soleada
    En los primeros años, invariablemente íbamos con equipo de escalada, pero la cosa era un poco menos obsesiva. Después de 1 o 2 días en las paredes, nadie tenía mas ganas de trepar, y entonces, sin culpas, hacíamos hermosisimas caminatas: El Liso. La Quebrada del Toro. El Río Subterráneo.



Un auténtico seguro de hombros. Los Gigantes, probablemente en el invierno del 81.
Con musica lenta de un long play, me tomé un trago largo de historia en la confitería bailable del pasado. Un auténtico seguro de hombros. Los Gigantes, probablemente en el invierno del 81.El primero de cuerda creo que esta encordado con la soga.
En el Cerro de la Cruz la cosa era así:
    Por empezar, el pie del cerro estaba 30 o 40 cm. mas alto, porque todavía el pisoteo de los ecologistas no había generado la erosión fluvial que se llevo todo el suelo. (pueden verse todavía las marcas). Dos cordadas en todo el cerro era extraño, en la misma ruta, algo impensable. Rutas básicas que hacían todos: Diedro Chico, Noroeste, Mogote por la chimenea o el frente. Rutas con estribos: la Artificial directa, y el Techo (Enciclopédica), y también el Diedro grande (que en aquellos años tenía la parte final en artificial porque - aunque no lo crean - a nadie todavía se le había ocurrido que se podía sacar en libre...) La Olla por ejemplo, era bastante temible de pasar sobre todo por el primer paso (que no tenía la chapa monona que lo protege hoy) y porque debíamos subirla en topper o botitas de gamuza. El Espolón, la Laja de Peterk, se hacían buena parte en artificial. Las chimeneas largas, la Ideal, la Directisima, eran muy de respetar. Estas rutas llevaban un día entero.



garquitti
Esto fue parte del primer boletin del GRAM, en 1986. Arriba: el tema del vino caliente era todo un ritual. Abajo: chiste alusivo a la experiencia de haber comprado equipo a los Tarditti de Cordoba. La venganza fue cuidar que este boletín llegara a todos los clubes de montaña del país.

    El vino caliente (vino tinto, canela, naranja en jugo y rodajas, azúcar) era la bebida de la época. Alguna vez provocó aquel sonado incidente del "vomito rosa", donde todo el campamento, semidestruído por una noche de furia, quedó vomitado con una mezcla de arroz blanco y vino tinto. Estas bataholas eran muy normales, en esto no hay cambios, todo sigue igual....
    Algunas de estas cosas engendraron algunos odios que todavía andan por ahí dando vueltas. El guitarrero de siempre era Julian Martinez Infante, aunque también recuerdo a su hermano Andrés, a Claudia su actual mujer, y a Kay (un veradero musico). Cuando Julián dejo de venir, se sintió mucho. Como hoy, León Gieco y el folklore predominaban en el repertorio.

Inedita fotografía del campamento del Vomito Rosa
Inedita fotografía del campamento del Vomito Rosa. Los habitantes de la carpa amarilla sufrieron especialmente, porque no entendieron nunca que era lo que se festejaba esa noche en el lado izquierdo de la foto, contra la piedra. Estas mujeres, Gloria, la Barovero, realmente tenían mucho mas huevos que algunos tipos. Casi todo lo que había en el campamento fue a parar al arroyito del angulo inferior izquierdo, que en ese tiempo tenía bastante agua. Todo operaba como un control infeccioso de boludos.
    Para cocinar usábamos el "Smart" a gas o el "Chalten" a bencina. Los Chalten eran fabricados por el legendario Hector Cuiñas en Buenos Aires. Nuestra manipulación desaprensiva y bestial los convertía muchas veces en artefactos peligrosos. El procedimiento habitual para que arrancaran era hacer justamente lo que no debía hacerse: inundar todo el soporte del tanque con combustible, incendiándolo, para calentar la bencina. Si no daba resultado, mas de una vez lo estampábamos contra una piedra, y vuelta a empezar... Cuando el Chalten andaba bien era un soplente. Una bendición para cualquier salida. Pero no había que ponerse en la línea de la válvula de la tapa del tanque de combustible... Recién varios años después apareció un calentador a bencina importado, que como todo lo nuevo provoco enormes resistencias.

    Los Gigantes hoy son un lugar solitario: repletos de gente extraña que no se saluda. Una paradoja. En esos años eso era inconcebible: cuando veías una persona lo convidabas con algo caliente. Nos sentíamos mucho mas dueños del lugar. La gente que se veía, parecía diferente, como si todos estuviéramos metidos en algo común.

    Quiero homenajear con mi recuerdo a un hombre, un desconocido que paso un día lejano, y que con orgullo me dijo: "Yo hace treinta años que ando por la montaña y jamas use carpa"