La montaña me ha dejado aquí, en la quebrada de Vargas, rodeado de amigos, montañas y buen vino. Toda la noche he estado siguiendo la constelación de Escorpio, descubriendo estrellas de bellos nombres, como Agena, Antares, Rigel y Vega. El cielo es cada vez más intrigante, en eso oigo un golpe seco, como a garrote, es Juan Pablo que recibió un palazo en la frente mientras dormía, son como las 3am y veo por fin la constelación de Orión que amanece. Acurrucado junto a unas rocas observo los destellos de brasas que se van durmiendo, sobre mi bolsa millones de estrellas, mis pensamientos vagan libres y simples como los sueños.
En la montaña los días transcurren sencillos, los problemas se reducen a hacer funcionar mejor el calentador, en comer ó en construir un trineo para divertirnos en las pendientes nevadas. Una de las tardes hacemos un trineo con unos troncos y clavos que encontramos, le colocamos un sistema de freno y dirección, el artefacto funciona aceptablemente pero los pocos segundos de adrenalina no se corresponden con el porteo del artefacto hundiendonos hasta las rodillas en la nieve, asi que enseguida pasa a servir de paraviento.
Un paso tras otro vamos abriendo huella hacia el Paso Serrato, de vez en cuando nos hundimos bastante en la nieve y buscamos resolver estos simples problemas, como no hundirse, como saber donde esta más dura la capa de nieve, y algo siempre se puede aprender. Por allá abajo una liebre asustada corre por la nieve, unos pájaritos revolotean en este lugar que nos parece tan inhóspito. Un duro garrotillo nos da en el rostro, más allá del paso un nuevo mundo nos espera, un mundo blanco, casi desconocido, dominado por montañas, algunas de ellas sin nombre, otras olvidadas, todas esperando un montañista que sueñe con ellas. Ese día fuimos prudentes y apenas nos acercamos un poco a la sur de los Gemelos armamos la carpa para aguantar el pesto reinante, cuatro en carpa de tres, a derretir y gozar de ese mundo blanco que se arremolina ahí afuera.
Al día siguiente la Pachamama nos acompaña, se ve que le hizo bien el Rutini, el tiempo mejora y ya vemos con claridad nuestro objetivo, la sur de Gemelos que nos mostrára Gabriel en sus fotos y con la que él tanto ha soñado, más allá de algún cambio de ideas, no hay cuestiones ni apuros, se percibe una sensación de armonía que nos acompañará durante todo el viaje. Disfrutamos del atardecer al pie de la vertiente sur de Gemelos, el sol nos calienta el alma, mateamos con León observando la belleza del paisaje que nos rodea, el tiempo sigue mejorando y empieza a hacer mucho frío, así que decidimos salir para arriba recién cuando amanezca.
El sol ya calienta y encontramos las primeras grietas de un glaciar que no quiere morir, una sutil danza entre vacío y seracs y vamos trazando un nuevo camino. Lentamente vamos resolviendo el enigma, buscando señales, bebiendo montañas, llenándonos los pulmones de paisajes, descubriendo rincones bellísimos plagados de inmensidad y lejanía. Una larga travesía a la derecha, y nos montamos ya en la parte superior del glaciar que da a un plateau, inmensas apariciones de seracs, vamos dibujando una sonrisa, ya son cerca de las 13hs y vemos el tramo final hacia la cumbre que parece bastante duro y que seguiremos el día siguiente. Estamos en un circo, una planicie a unos 4500mts, inmensas rimayas nos rodean, un espacio olvidado, dominado por picos de roca y viento, donde nacen los hielos, donde nacen los sueños que caen al vacío, y allá, más abajo en el valle, enamoran para siempre a algún montañista.
El dia siguiente es gris y frío, entre seguras pisadas de acero e incertidumbre vamos siguiendo este camino que imaginára Gabriel durante tanto tiempo, un filo blanco que se recorta sobre el cielo gris, desde ahí a la cumbre, el abrazo inmenso, el camino resuelto, los grandes amigos, las lágrimas y el horizonte de los próximos sueños.