Los senderos que he olvidado hace tanto me llevan sinuosos por espacios desconocidos, con ellos imagino viejos glaciares, avanzando y retrocediendo, en sus morenas voy buscando recuerdos de los antepasados que llevo dentro, olas en el océano del tiempo, ellas llegan hasta mi, hasta tocar mis pies, hasta llenar mis pulmones de soledad y naturaleza.
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Una pareja de cóndores dibujan dulces rizos de libertad sobre el eterno azul de los glaciares, detrás de ellos y como dentro de un sueño etéreo veo las nubes y el granito de las agujas vestido de blanco, sueños de un pibe que aún vive dentro mío. Líquenes sobre las rocas, pisadas abstractas que ha dejado el tiempo a su paso en un delgado filo de rocas milenarias. Me emociona mucho todo esto.
Muy cerca mío, veo unos pájaros carpinteros, me arrimo despacio y me siento entre los arbustos. El es de cabeza colorada, algo pensativo y atento, se oculta detrás de un tronco y se asoma de a ratos, como espiándome, haciendo guardia, ella es negra como el carbón, parece risueña y totalmente loca, con su pico va dando golpes en el tronco, mientras en la lengua desconocida de los pájaros locos, parece irle dando instrucciones a su pobre novio. Un extraño pajarito al lado de un arroyo buscaba algo, corría piedras mojadas con sus patas, de vez en cuando me observaba, yo estaba tan cerca que podía tocarlo, a él no le importaba para nada mi presencia, yo no era nada para él, y él me parecía mucho más que un simple pájaro. No había forma de atrapar esos suspiros de naturaleza, solo cabían dentro del corazón.
Un silencio de paz luego de una gran batalla natural, el estruendo del viento en la oscuridad más absoluta, millones de estrellas, colores de una noche fría, lejana y la felicidad de sentir correr estas montañas por las venas. La lluvia, la más penetrante, esa que te lleva el agua hasta los dedos de los pies. La tibia calidez de un sol dorado iluminando los árboles mojados por la mañana, mientras se escurren los mates entre las manos de un amigo.
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Un atardecer de dorados sobre vertiginosas cumbres, el sol al cual ya no esperaba volver a sentir, vuelve a asomarse detrás de una aguja, un nuevo amanecer, un horizonte vertical deja pasar los rayos del sol que corren raudos sobre la tierra y me vuelven a iluminar, por instantes voy caminando, siguiendo el avance de esta línea de tiempo que separa la realidad de los sueños.
Un mundo que esta más allá de la contemplación de bellos paisajes, un mundo de sentimientos ligados a la esencia del ser humano que cada uno llevamos dentro y que tal vez no dejamos salir. Sensaciones profundas, emociones clavadas a fondo en este corazón montañero, un mundo donde los ojos ríen y los sentimientos abruman. La montaña esta llena de pequeños momentos, instantes tan sutiles como llenos de grandes sensaciones que forjan el espíritu y abrazan de calidez al corazón de un hombre.
El esfuerzo de uno no es nada comparado con la belleza de glaciares, agujas y paredes nevadas, ni siquiera el frío, ni la incertidumbre, ni la ansiedad de los días de espera, ni la escalada misma, ni la cumbre de ese sueño. Tal vez nada de eso sea montaña, tal vez sólo sean excusas para llegar a ver esos cóndores, esos carpinteros, para ver una luna inmensa dormirse sobre la cumbre del Torre al amanecer.
Para oír el viento de la noche sobre los árboles, para sentir la inmensidad de espacios que otras veces fueron furia de tormenta y hoy son paz y quietud de duro granito y blanca soledad. Para ver una sola magnifica hora de sol en cientos de horas de lluvia. Ser parte de una hermandad, con aquellos que aman las mismas cosas, los mismos atardeceres, la misma incertidumbre y la misma soledad. Para sentir con el corazón, con el alma, para ser humano, para ser parte de esta naturaleza, que a veces asusta pero también regocija.
La cumbre fue un paso más, tan importante como andar por el bosque, reír con los amigos y sentir el paso de los glaciares en las rocas marcadas por los hielos, en ella no hubo emoción, ni belleza, no hubo paz, ni quietud, solo la verdadera dimensión de uno mismo. No éramos nada allí. Con cada rapel , con cada metro bajado éramos más fuertes, más hombres, más seguros de nosotros mismos hasta que nos encontramos caminando por un glaciar en la noche y nos abrazamos con mi amigo. Recién allí hubo felicidad, recién allí fuimos hermanos, recién allí fuimos cordada .
Con cada cumbre, con cada caminata por bosques, acarreos y glaciares, con cada metro de roca y cada pedazo de hielo mi corazón va respirando el más dulce de los perfumes, el de las eternas montañas. Ya no volvería a ser el mismo de antes.