ACONCAGUA

Enero 2003

Federico Pedroletti
Andrés Argutti

Texto: Andrés Argutti



    El 2 de Enero, Federico Pedroletti y yo ingresamos al Parque Provincial Aconcagua. Haciendo abstracción de la gente, los helicópteros, el comercio y los piratas, como nos recomendó Glauco, nos encontramos con una montaña bárbara, con vistas muy lindas. Hacia el lado de Chile veíamos varios cerros; hacia el Norte, primero el Dedos y después, desde Plaza de Mulas, el espectacular Cuerno, un cerro técnico con el Glaciar Horcones Superior, desde más arriba el Mercedario y las montañas sanjuaninas; la pared Oeste del mismo Aconcagua, etc.

    Nuestro primer campamento fue Confluencia (3400). Queríamos llegar a Plaza de Mulas al día siguiente, pero íbamos muy cargados, por lo que hicimos un campamento intermedio pasando la Playa Ancha. Es posible completar todo el recorrido en una sola jornada, si se contrata un servicio de mulas para que lleven la mayor parte del equipo. Pero varias razones nos llevaron a prescindir de ello, algunas más "éticas y filosóficas", otras más prácticas (la primera mula costaba U$S 150, las otras, si recuerdo bien, U$S 60 cada una... sólo una muestra de lo que los distintos "prestadores de servicios" cobran en la zona).
    Algo que nos sorprendió mientras avanzábamos por la interminable Playa Ancha fue ver a gente que ya usaba sus botas rígidas y su ropa de gore-tex, mientras nosotros íbamos muy cómodos con los cortos y zapatillas, que sin duda constituían una vestimenta mucho más apta para ese tiempo (casi caluroso, con sol a pleno) y ese terreno. Pero bueno...
    En Plaza de Mulas (4350) nos quedamos 3 días para aclimatar. Logramos subir el Bonete (5100) que está ubicado al Oeste en el cordón "de los Dedos", y la montaña nos regaló una magnífica vista del Plomo y el Juncal, y otras montañas, más montañas, muchas montañas bellas y lejanas, hasta donde se perdía la vista.

    En Plaza de Mulas en sí, nuestra capacidad de abstracción debió esforzarse al máximo frente al cartel que decía "Envíe su correo electrónico" (en inglés), el helicóptero que iba y venía, los turistas vestidos de montañeros, el hotel, la arrogancia de los "prestadores de servicios"... Menos mal que recién mucho después, cuando ya habíamos vuelto a Rosario, nos enteramos de que también hay una carpa - boliche a la que la gente va a bailar (debe ser difícil con rígidas) y escuchar música a mil, también otra carpa donde un cocinero internacional prepara platos tan exóticos como costosos (en dólares, por supuesto), y varias cosas más.

    Las tendencias que afectan a todas las actividades del hombre tarde o temprano llegan a la montaña. Es tan inevitable como lamentable. Los lugares hermosos merecen ser contemplados en paz, sin ruido, pero en el mundo de hoy prevalecen otros intereses.

    Después de dejar - con alivio - Plaza de Mulas, ya nos metimos en las laderas del Aconcagua, haciendo el campamento 1 en Plaza Canadá (4900), adonde llegamos en zapatillas (y Fede en pantalón corto) ante la sorpresa de una expedición comercial extranjera cuyos integrantes ya tenían todo el equipo puesto, como si estuvieran a punto de subir a la cumbre. ¡Más se asombraron cuando sacamos el tinto y le pegamos unos buenos tragos!

    Después nos tocó sorprendernos a nosotros cuando nos dimos cuenta de que los extranjeros iban a cagar todos al mismo lugar. Iban de uno en uno atrás de la misma piedra, se quedaban un rato y volvían con cara de "yo no fui". Después descubrimos la razón: sus guías habían llevado e instalado un inodoro de plástico con su correspondiente depósito. Del "producto" los turistas no tenían que preocuparse, porque lo bajaba la gente de la empresa que habían contratado (y de todos modos, en caso que la empresa no les prestara ese servicio, siempre podían recurrir a un porteador que, por apenas U$S 150, se encargaba de llevarles la mochila y del resto del trabajo sucio).

    En Plaza Canadá pasamos sólo una noche. Al otro día seguimos subiendo para instalar el campamento 2 en Nido de Cóndores (5400). Este lugar tiene una belleza muy extraña, algo así como un paisaje lunar rodeado de montañas nevadas. Nos quedamos allí dos noches, siempre pensando en aclimatar lo mejor posible antes de intentar la cumbre.

   Desde Nido de Cóndores "subimos" el Manso (entre comillas porque la cumbre de este cerro está a la misma altura que Nido de Cóndores, desde donde hay que bajar, cruzar un nevero y después subir nuevamente). Y finalmente nos dirigimos al último campamento, la zona de los refugios Berlín, Plantamura e Independencia a algo más de 5900 metros de altura. Estos refugios están bastante deteriorados, y su superficie y comodidad son apenas mayores a las de una carpa. El lugar es muy frío y está muy expuesto a los vientos del Pacífico (todos los cerros al Oeste son bastante más bajos) pero la vista es impresionante: un mar de montañas en todas direcciones, el Cordón de la Ramada al Norte, glaciares y campos de penitentes abajo.

   En Berlín pasamos bastante tiempo, 8 días (7 noches), porque en el primer intento de cima comenzamos demasiado temprano, mal abrigados y tuvimos problemas en los dedos de los pies, con lo que debimos volver a la carpa apenas un par de horas después de salir. Fue una imprudencia, aunque por suerte nos recuperamos rápido. En el segundo intento, dos días después, se formó una tormenta del Oeste cuando nos encontrábamos a aproximadamente 6500 o 6600 metros, en el comienzo de la Canaleta, y tuvimos que bajar. Pero estábamos bien aclimatados y nos quedamos a esperar otra oportunidad.

   Finalmente, después de dos días más (el primero nevó durante toda la jornada y el segundo continuó desfavorable), amaneció bastante ventoso pero soleado. En este tercer intento de cima salió todo bien. Fueron 8 horas y media desde Berlín. Las primeras 5 hasta el comienzo de la Canaleta fueron bastante fáciles, después ya en la Canaleta el terreno se hizo más empinado y suelto. En algunos tramos, especialmente en el Vestiquero de Schiller y en los neveros de la Canaleta y del Filo del Guanaco, eran necesarios los grampones. Mucho antes que eso, el Portezuelo del Viento, pasando el destruido refugio Independencia, hacía honor a su nombre. Las últimas horas fueron duras no sólo por la Canaleta y el desgaste físico sino también por los "juegos de la mente", pero al final nos encontramos parados sobre la cumbre (que no se hizo evidente hasta que estuvimos muy cerca de ella). Eran las 17:30 del jueves 16 de enero. Una gran sensación de alivio más que de alegría o de logro, el tiempo justo para sacar algunas fotos, una mirada a las nubes que subían por todos lados y nos rodeaban más o menos cercanas, más o menos lejanas, más o menos peludas, y comenzamos el regreso a Berlín.

   Era el día 15 desde que entramos al parque. Al día siguiente bajamos a Plaza de Mulas, y al otro, desandamos 36 kilómetros hasta Puente del Inca (fue realmente duro pasar de vuelta la Playa Ancha, y después llegar a Horcones y finalmente al pueblo; lo que nos hizo seguir fue el pensamiento de la cerveza y los lomitos del parador de Puente del Inca).

   Durante toda nuestra estadía en la montaña vimos mucha gente en los campamentos más bajos, especialmente expediciones comerciales extranjeras. Pero la mayoría de estas no llegó muy lejos, a lo sumo a Nido de Cóndores. En Berlín creo que quedaban solamente los que en realidad "tenían algo que hacer" en la montaña. Y parece que los extranjeros, en general, por mucha tecnología que tengan y por mejor guiados y atendidos que estén, palman más rápido (o más abajo) que los argentinos. Vimos varios que no bajaban, sino que eran bajados con edemas o agotamiento, incluso mucho antes de los campamentos más altos. También gente que volvía de un intento de cumbre tambaleando, que no podía tenerse en pie si no la ayudaban. También fuimos testigos de congelamientos - algunos graves - y supimos de alguna fractura causada por caída. Es que a pesar del consumismo, el mercantilismo y la ley de la gratificación más inmediata al mínimo esfuerzo posible, el Aconcagua sigue siendo la gran montaña que es.

   Un comentario final. Al visitar el refugio Berlín encontramos una inscripción histórica: "GRAM. Arranz, Arrascaeta, Sproviero. 1993". Fue emocionante y más tarde nos arrepentimos de no sacarle una foto. En Rosario, varios días después, Glauco decía que lo que diferencia al GRAM es la sensación de continuidad, de comunidad, de unión con los amigos a los que se quiere volver para contarles, para escucharlos con alegría, algo que trasciende al logro individual y lo integra al grupo.

   Y eso es, precisamente, el GRAM.